Prefacio del editor

San Pedro Canisio
Pedro Canisio, de la Compañía de Jesús, brilla en primer rango entre esa multitud de grandes hombres que la Iglesia, en el siglo XVI, sacó de su seno siempre fecundo para oponerlos a la herejía. Alemania, donde había nacido, llamó a Canisio el martillo de los herejes. Dotado, en efecto, de una ciencia extraordinaria y de una gran elocuencia, los aplastaba con sus escritos y sus discursos, en las cátedras de las universidades y de las iglesias, en las dietas y los concilios. Fue él a quien la Santa Sede encargó refutar las calumnias históricas acumuladas por los Centuriadores protestantes de Magdeburgo; y cuando el hermano de Carlos V, Fernando, aún rey de los Romanos, reclamó a san Ignacio, general de la Compañía de Jesús, un compendio corto y sólido de la doctrina cristiana, que conservara en sus Estados el conocimiento de la fe y la fe misma, arruinando también la influencia contagiosa de los libelos heréticos, fue también a Canisio a quien se confió esta obra tan importante.
Este compendio de la doctrina cristiana (Summa doctrine christianae), designado ordinariamente bajo el nombre de Gran Catecismo de Canisio, puede ser considerado como uno de sus primeros títulos de gloria. Ha sobrevivido a todas las revoluciones que han arrastrado tantos libros desde hace tres siglos. Ha permanecido junto al Catecismo romano (Catechismus Concilii Tridentini ad parochos), como un monumento de los esfuerzos generosos de la Iglesia en el siglo XVI para salvar la fe de sus hijos, como un testimonio también de ese principio antaño proclamado por los santos Padres, que el error se vuelve en provecho de la verdad, y que sirve ella misma, por sus objeciones y sus interpretaciones engañosas, para hacer la exposición de la verdad más explícita, más firme, más brillante.
El Catecismo de Canisio apareció doce años antes del Catecismo romano, en 1554, después de haber sido cuidadosamente revisado y formalmente aprobado por los primeros teólogos de Roma. El autor había tenido cuidado de indicar al margen todos los pasajes de la Escritura santa, de los Padres y de los Concilios que establecen el dogma católico, para ofrecer a los protestantes […] el medio de esclarecerse y convertirse; a los católicos, tan a menudo atacados, el medio de defenderse. El catequista encontrará allí reunidas todas las pruebas que una sólida enseñanza reclama.
Canisio extrajo de él mismo, en 1556, otro compendio, o Pequeño Catecismo de los Católicos (Parvus Catechismus Catholicorum), donde se dedicó más bien a reunir las afirmaciones que las pruebas de la fe.
Es de este Pequeño Catecismo del que damos hoy una nueva traducción al francés. Nos hemos esforzado en conservar el valor teológico del texto, buscando en nuestra lengua palabras ya consagradas, o correspondientes, o equivalentes, que rindieran seguramente y con precisión el sentido del latín, a riesgo de sacrificar a veces la elegancia a la verdad dogmática expresada por el autor.
Este pequeño libro tiene aún otros títulos de recomendación. En 1686, contaba ya más de cuatrocientas ediciones, y desde entonces, ha sido reimpreso un gran número de veces.
Fue traducido a todas las lenguas de Europa, y Rusia, Polonia, Suecia, Dinamarca, Inglaterra, Irlanda, Holanda y Suiza apenas conocieron alguna otra exposición elemental de la doctrina cristiana durante mucho tiempo.
Desde 1560, Fernando I lo difundió en todo su imperio, y la influencia fue pronto tan saludable que este príncipe, para testimoniar su reconocimiento hacia Pedro Canisio y Pablo Hoffée, estos dos apóstoles de la Compañía de Jesús en Alemania, se complacía en aplicarles estas palabras que la Iglesia repite en sus oraciones en honor de san Pedro y san Pablo: Petrus et Paulus ipsi nos docuerunt legem tuam, Domine: Pedro Canisio y Pablo Hoffée nos han enseñado vuestra ley, Señor.
Felipe II de España imitó a su tío Fernando. Los doctores de la Universidad de Lovaina, a quienes había consultado, le señalaron el Catecismo de Canisio como la obra más propia para propagar la sólida piedad y la verdadera doctrina: Felipe II lo hizo recibir en todos sus Estados del viejo y del nuevo mundo.
En 1750, en la misma Roma, bajo los ojos del soberano Pontífice, fue aún este Catecismo el que fue elegido para instruir a los nuevos convertidos.
Tendríamos una larga lista que producir, si quisiéramos recordar aún todos los doctores y todos los obispos que lo sancionaron con su sufragio; pero un nombre basta entre todos: san Carlos Borromeo ordenó seguirlo en su pequeño seminario. Conviene añadir también que en 1686, monseñor de Harlay permitió publicar en París una traducción francesa bajo su augusto patronazgo.
Si alguien ahora se asombrara de este éxito admirable que pocas obras ciertamente han obtenido, tendría pronto la explicación abriendo este pequeño libro tan corto y sin embargo tan completo; tan teológico, y sin embargo tan simple y tan fácil de comprender; tan bien adaptado a los errores, y por consiguiente a las necesidades del siglo XVI, digamos también del nuestro que deriva de él; tan bien ordenado, tan piadoso y tan eficaz para comunicar la piedad con la doctrina.
Se reconoce en cada página al apóstol que ponía su felicidad en hacer él mismo el catecismo a los niños y a los pobres; al controversista que tantas veces había luchado con la herejía; al teólogo consumado que había ido al fondo de todas las cuestiones, que resume como en una palabra. Se reconoce también al santo que sabía, hasta en el lenguaje tan seco de la ciencia, derramar la unción de su corazón.
Muchas almas fueron antaño conducidas de vuelta a Dios por este simple Catecismo: ¡ojalá pueda aún dar estos frutos de salvación! ¡Ojalá pueda, al presentar a nuestros hijos las verdades de la fe, imprimirlas más profundamente y para siempre en sus espíritus y en sus corazones!